LA PAZ DE TUS OJOS

LA PAZ DE TUS OJOS
YA DISPONIBLE EN E-BOOK Y PAPEL

CAPÍTULO 1

1

Viernes, 1 de julio

Hoy tengo cita en Malasaña con mi mejor amiga del instituto.
Dicen las malas lenguas que las guapas no tenemos amigas, y si alguna se arrima a nosotras sólo la aceptamos si es fea o muy sosa, y no hay ninguna posibilidad de que nos haga sombra o nos robe el ligue.
Eso dicen las malas lenguas, y no seré yo quien las contradiga.
En aquellos años, Nuria era el patito feo y yo el cisne.
En aquellos años. Hoy no puedo decir lo mismo; sin llegar a ser una bomba sexual como yo, Nuria es atractiva y tiene bastante gancho con el sexo opuesto. ¡Quién me lo iba a decir! Pero no es su físico lo primero que llama la atención al verla, sino su actitud positiva ante los sucesos cotidianos. Ve la vida color de rosa.
No es estúpida, sólo optimista por naturaleza.
Cualquiera que la conozca puede pensar, sin temor a equivocarse, que no le sobran motivos para venirse arriba, pero ella los busca desde que se despierta a las seis de la mañana hasta que se va a dormir, pasada la medianoche. Su vida no es ningún cuento de hadas, pero ella se lo inventa cada día porque si hay algo que tiene por toneladas es imaginación. Toda la que a mí me ha faltado siempre. También tiene un novio un poco borde y dos ex con pintas de macarras y muchas ganas de dar por culo.
Nuria también es sexy, lo bastante para que sus ex no la olviden a pesar de la ruptura. Su problema es que es demasiado sincera y tiene demasiado corazón; le resulta imposible no relacionarse con ellos de vez en cuando. Y Rubén, su novio-novio-de-verdad dice que sí a todo. En realidad, apostaría lo que fuera a que sufre una perturbadora incapacidad para negarse a nada que ella le pida.
Siempre anda mimándola en público y comportándose como un perrito faldero allá donde vayamos. No es extraño que Nuria sonría siempre. Y sin embargo algo ha cambiado en las últimas semanas.
Hasta el verano pasado la veía llena de vida, mientras estuvo con Dani y Richie sobre todo, y en los primeros meses de su relación con Rubén, cuando todas las noches eran de vino y rosas. Pero hoy ya no es la misma, apenas sí sonríe, y camina por la vida y por Madrid como un zombi.
Intenta explicármelo con voz grave y pausada frente a dos gin-tonics en una terraza al sol de julio. Una vez al mes necesitamos desahogarnos la una con la otra y poner voz a nuestros muchos delirios de treintañeras.
—Es como si caminara bajo el agua, con la cabeza embotada y el corazón en punto muerto.
La escucho, comprensiva. Conozco a Rubén desde que empezaron a salir juntos, no es mal tipo, desde luego. Aunque a mí siempre me ha parecido un auténtico cavernícola, de esos que arrastran a su mujer por los pelos para llevársela a su guarida, en lo que a Nuria se refiere es pura miel.
—Lo que tú necesitas son unas vacaciones como Dios manda, alejada de Madrid y del mundanal ruido…
—Y alejada de Rubén.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo piensas. Siempre has pensado que Rubén es un muermo de tío.
—Mujer, tanto como muermo, muermo… Pues…
Sí, ¿para qué vamos a engañarnos? Es un muermazo, pero no puedo decírselo a las claras porque sólo es una opinión mía y muy personal, y eso me hace sentir repentinamente incómoda; me retuerzo en la silla de metal y toqueteo con nerviosismo un rizo dorado que se me ha escapado del moño, algo que no me pasa nunca porque  siempre voy divina de la muerte a todos lados; ventajas de ganar un sueldazo sin apenas mover un dedo.
Pero eso nadie lo sabe. Digo, lo de no mover un dedo. Aunque sí es verdad que mi cerebro trabaja mucho más que mis manos. Yo planeo y dirijo, los demás ejecutan.
Nuria me mira de frente y a los ojos, como hace siempre que hablamos «de tú a tú».
—No lo niegues, nos conocemos desde crías. Sé muy bien lo que piensas.
—Vale —admito de mala gana—, confieso que Rubén no te llega ni a la suela del zapato; pero oye, si te folla bien…, no sé, tú sabrás. Eres tú quien está con él, no yo.
—Si tienes más razón que un santo, Moni, pero vaya, que tampoco es eso. No es culpa de Rubén ni de nadie. Soy yo, que estoy rara y ni sé por qué.
—Nadie está rara por nada. Algún motivo habrá.
—Seguro, cuando lo descubra te aviso.
—Ay, Nur, mira que te gusta complicarte la vida. Con tres hombres a tus pies, y aún sigues buscando quimeras.
Suspiro resignada, y un poco envidiosa también. Yo no tengo a tres hombres a mis pies. Y aún no me explico el motivo, no soy el tipo de mujer que acude todas las noches a los garitos de moda pidiendo guerra, ni vivo obsesionada con encontrar el Amor De Mi Vida (lo encontré a los dieciséis años y no quiero recordar cómo acabó todo), pero llevo meses estancada en una espantosa sequía amosexual y me gustaría que al menos un hombre estuviera medianamente interesado en mí. No pido mucho, me basta con un follamigo que me alegre alguna que otra noche.
 —Yo de buena gana te presto a cualquiera de mis ex… si se dejan —se ofrece Nuria, siempre tan generosa—. Pero tampoco quiero eso para ti, son muy problemáticos y te ponen la cabeza como un bombo en una sola tarde. Y sólo quieren «eso», nada más. Tú mereces algo mucho mejor.
—Yo no quiero merecer nada, Nur, sólo quiero pasar un buen rato con un hombre, sin más.
Me bebo el gin-tonic de un trago y llamo al camarero por señas para que me traiga otro.
—Pues yo no me voy a la cama con un hombre si no siento nada por él.
—Eres la última romántica de Madrid. Y eso no te traerá más que disgustos.
—No lo creo, debe de haber muchísimas románticas en esta ciudad, ¿tú sabes cuántos libros de romántica se venden al año?
—Ni lo sé ni me interesa. Yo es que no leo apenas, ya sabes.
Me mira y suspira. Es cierto: apenas tengo algún libro en casa, mucho menos una novelita rosa de las que le gustan a Nuria. Las chicas guapas, en el instituto, íbamos de ligue en ligue y de cama en cama; no leíamos historias de amor, las vivíamos al límite. «Eres lo que vives, no lo que tienes.» Si estoy muy motivada después de la ducha mañanera y el café cargado estilo americano, leo la prensa en internet. Y no paso de ahí. Antes de que alguien me llame tonta, más me vale aclarar que trabajo como ingeniera de sistemas y programadora en una multinacional norteamericana dedicada a los videojuegos. Tengo cerebro, mucho para ser una rubia, pero las novelas no son lo mío.
—Pues si yo no leyera, me volvería loca —sentencia Nuria—. Loca de remate.
La miro de soslayo, pensando que realmente poco le falta para volverse loca; tampoco la culpo, la vida de Nur nunca ha sido fácil y, desde que murió su madre, víctima del cáncer, la cosa sólo ha ido a peor. De no haber sido por esa fatalidad, podría haberse dedicado a lo que realmente quería: la enseñanza y la literatura; pero, por el contrario, tuvo que abandonar sus sueños de hacer una carrera y conformarse con trabajos temporales y mal pagados para llegar a final de mes. No tenía más familia y sus ex sólo sirven para follar y poco más. En el último año la cosa ha ido un poco mejor: ha conseguido un trabajo cuidando a una anciana y haciéndole compañía, escuchando sus mil batallitas del franquismo y leyéndole las novelas romanticonas que tanto les gustan a ambas. Y con lo que le paga la buena señora va tirando. No le sobra nada pero vive en un mini piso, por un alquiler medio decente, y come todos los días. En Madrid y en 2016 no es es cualquier cosa.
—Moni, ¿qué te pasa? Te has quedado embobada.
—Nada, nada… No me hagas caso. Si a ti las novelas de príncipes y princesas te hacen feliz, pues, hala, adelante. Total, eso no le hace daño a nadie.
—Claro que no, y tampoco me las creo a pies juntillas, eh. A ver si te piensas que soy idiota. Yo, mejor que nadie, sé que la vida no es ningún cuento de hadas. Por eso los necesito de vez en cuando… para desconectar un poco.
Lo sé, bien que lo sé. Nuria tiene los pies muy pegados al suelo. Si sólo tuviera un novio más… interesante.
—Pero ¿dónde se ha metido el dichoso camarero? —gimoteo al borde de la desesperación—. Ese seguro que se ha olvidado de mi gin-tonic. ¿Ves cómo los hombres no me hacen ni puto caso? Ni siquiera un miserable camarero atiende a mis súplicas.
—Mira que eres exagerada —me reprocha Nuria—; el bar está hasta los topes, no somos las únicas clientas y, que yo sepa, no tenemos ningún pase VIP para que nos hagan la ola.
—Esta gente no sabe ni lo que es un pase VIP, Nur, ¡desengáñate!
El camarero hace acto de presencia como una aparición y deja el gin-tonic delante de mí con una irresistible sonrisa de disculpa.
Le guiño el ojo y le doy las gracias, mucho más tranquila. Y satisfecha. El tipo no está nada mal; de hecho, podría y debería dedicarse a otra cosa, es un desperdicio que un hombre así esté en un local de tres al cuarto. De buena gana me lo llevaba esta noche a la cama. Le dirijo una mirada lasciva y seductora que él finge no ver. Pero la ha visto, ¡claro que sí! A él también le gustaría follar conmigo, pero no le pagan para eso.
—No está nada mal, eh.
Nuria sonríe, me conoce y sabe que me paso la vida evaluando a todo el que se cruza en mi camino.
—En el trabajo ¿también eres así?
—Así… ¿cómo?
—Tan crítica con los hombres.
Trato de recordar si realmente me comporto mal con el género masculino. Pero no, ningún recuerdo de maltrato acude a mi mente.
—Pero, ¿qué dices? No tengo nada que criticar… Por desgracia. Son demasiado anodinos y robóticos, frikis de la informática; tan vulgares que casi no existen; ni siquiera los hackers me ponen.
Nuria ríe a carcajadas.
—Pues va a ser que sí necesitas un buen polvo.
—Y tú también, no lo niegues —le replico con otro guiño de ojos verdes.
Nuria sacude con exasperación la melena color azabache, su más precioso tesoro, y trata una vez más de convencerme de que el sexo con Rubén no es tan malo como siempre da a entender.
—Pero a ver, mujer —la tanteo—, ¿sabe cómo hacerte gozar o no? Tienes que conocer la diferencia, Nur, tus dos ex eran pura dinamita, según me contabas.
—Y siguen siéndolo.
—¿Siguen? ¿Has dicho «siguen»? —me bebo el gin-tonic en un solo trago de pura estupefacción. ¿Qué está sugiriendo, que aún mantiene relaciones con ellos? ¿En serio?
—De vez en cuando, si se presenta la ocasión... —reconoce ella sin pizca de remordimiento—. Sí, no me mires con esa cara, Moni. Tú menos que nadie tiene derecho a juzgarme.
—Que yo no te juzgo, Nur. Sólo lo estoy flipando.
—¿Y se puede saber por qué? Rubén y yo no estamos casados, y él no es la clase de hombre que me controla a cada paso. Soy libre de hacer y deshacer a mi antojo. Nadie va a decirme con quién debo acostarme y con quién no.
—Caray, ¡quién nos lo iba a decir! No te imaginaba tan lanzada y con las ideas tan claras.
—Pues ya deberías conocerme mejor, que son muchos años juntas, contándonoslo todo —dice Nuria confiadamente.
«Más quisieras», pienso mientras pongo mi típica cara de póquer pero sin soltar una palabra de más, como llevo años haciendo.
—Pues precisamente por eso —le recuerdo ahora, con gesto ingenuo—. Tú nunca has sido de armas tomar.
—Todo cambia, todos cambian. Yo también.
La miro como si de repente estuviera hablando con una desconocida. De veras que Nuria no está bien, no si tiene tendencias bipolares. De repente es una ratita asustada, de repente una pantera a punto de saltar sobre su presa para descuartizarla.
—Lo dicho: necesitas unas vacaciones como Dios manda.
—Y un novio también, por pedir que no quede.
—Así que por fin reconoces que las cosas con Rubén van de mal en peor.
—Empiezo a pensar que no es el hombre de mi vida. No se comporta mal, ni me agrede ni me insulta, ni me falta al respeto, pero está claro que me aburro. Y no debería. ¿A ti te aburre el sexo?
—El bueno no. Y no practico otro, la verdad.
—Siempre tan selectiva, la señorita.
—Ay, Nur, no se pueden echar margaritas a los cerdos. Recuerda cómo éramos en el instituto. Sabíamos quién valía para qué y quién no valía para nada.
—Éramos crueles.
—Éramos jóvenes —apunto con el dedo índice, sin sombra de remordimiento.
—Habla por ti, yo me veo y me siento como una rosa de abril.
—Pues ponte las pilas y búscate a alguien que te haga sentir así todos los putos días de tu vida.
♥♥♥

Nuria disfruta como una niña con zapatos nuevos de sus charlas con Mónica. Vale que es una bala perdida, vale que no se toma apenas nada en serio, vale que a veces es demasiado pija y tiene un sinfín de prejuicios con según qué temas y según qué gente, pero para reír no hay nadie como ella.
Y además tiene más razón que un santo cuando dice que Rubén no es lo que ella busca ni lo que merece. Pero a Nuria le da pereza romper con él; y más que pereza, lo que la corroe es la mala conciencia. Porque no hay ningún motivo de peso para despacharlo de su vida, salvo el aburrimiento y la ligera sensación de estar donde no debe, perdiendo el tiempo.
Pero al igual que pasa cuando enfermas y quieres otro diagnóstico aparte del de tu médico de cabecera, Nuria necesita otra opinión que no sea la de Mónica. Una opinión sabia y experimentada, y tiene muy claro a quién debe acudir.
Lleva un año cuidando a Lola, una mujer de setenta años, viuda y sin hijos. Ahora. Los tuvo, pero desgraciadamente murieron quince años atrás en un accidente de tráfico; fue una tragedia, las dos parejas iban en coche a Santiago de Compostela para asistir a la boda de una amiga. A la vuelta, el intento imprudente de adelantamiento de un camión en una curva muy cerrada y de poca visibilidad propició el funesto accidente. Que el conductor del camión muriera también en el acto nunca ha consolado a Lola porque, de hecho, no hay ni habrá nunca nada que pueda hacerlo. Con los años el dolor ha ido menguando, pero no la nostalgia, ni el recuerdo; y a cada día que pasa, es más dolorosa la añoranza de los años vividos junto a ellos.
Pero Lola es alegre por naturaleza, casi tanto como Nuria, y hace años que aprendió a ponerle buena cara al mal tiempo y a tomarse la vida con filosofía. No es creyente y por tanto no va a misa como la mayoría de mujeres de su generación. En cambio, asiste a clases de cocina japonesa y a pilates con mujeres mucho más jóvenes que ella. Y juega al ajedrez. Muy bien, demasiado. Le enseñó su marido cuando eran novios y aunque siempre se lo ha tomado como un juego sin importancia, más de uno la ha animado a competir de manera profesional.
Lola no está para competiciones, y mucho menos a su edad.
Quiere tranquilidad. La edad y la diabetes han disminuido su visión y le impiden leer tanto como desea. Para eso está Nuria: para leerle a los clásicos de siempre y esas novelitas con tintes románticos que tanto les gustan.

Dolores Ridruejo vive en la calle Velázquez del barrio de Salamanca, en un piso enorme y antiguo que dos asistentas, contratadas por horas, se ocupan de mantener como los chorros del oro; su marido ya trabajaba de director financiero en los tiempos de la dictadura; no podía quejarse porque nunca les faltó de nada, y los niños habían ido a la universidad y tenían buenos empleos antes de aquel fatídico día que segó sus vidas para siempre.

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