LA PAZ DE TUS OJOS

LA PAZ DE TUS OJOS
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TODO LO QUE QUIERES SABER

CAPÍTULO 2

2

Nuria abre esa tarde con su propia llave la puerta del piso.
Son las siete y media del primer día de julio. La canícula no da tregua, pero Lola tiene aire acondicionado y la nevera repleta de helados y bebidas frescas. La saluda con un beso al aire desde el sofá del salón. La tele está puesta y se entretiene viendo el concurso de todos los días. En cuanto acabe, Nuria seguirá leyéndole el libro que empezaron ayer: El mar en tus ojos, un libro precioso ambientado en una época, el siglo XVI, en la que a Lola le hubiera encantado vivir. Es una apasionada de la historia; no pudo ir a la universidad porque sus padres eran muy estrictos con el papel que la mujer debía representar en la sociedad de su tiempo. Y de todos modos la universidad de los años de Franco fue, como cabe suponer, muy limitada. Hubo brotes de revolución e inconformismo por parte de algunos estudiantes de las carreras más liberales, pero fueron rápida y brutalmente sofocados en los sótanos de la DGS. Así que, olvidados sus sueños universitarios, se nutrió con los libros que pudo sacar de la biblioteca del barrio, los que le regaló Andrés, su marido, después de casados, y los que le regalaron sus hijos en cada ocasión que se les presentó.
Nuria llega hasta ella y le da dos calurosos besos, uno en cada mejilla, y otro de esquimal en la punta de la nariz. Es un ritual al que nunca fallan. Se sienten almas gemelas unidas por la distancia y el tiempo. Hay gente que todavía, tontamente, compadece a Nuria por tener que cuidar de «esa vieja chocha», pero para ella Lola es como una segunda madre. Y de veras que nunca la ha necesitado tanto como hoy.
—Cariño, te veo acalorada, y un poquito mustia también.
Nuria enarca una ceja y pone morritos; Lola la conoce mejor que nadie.
—Acalorada sí, ¡por Dios bendito, qué horror de verano se nos viene encima! Mustia… Uhmm, quizá, sí, ¡para qué voy a negártelo!
—Anda, ve a la nevera; el otro día fui al supermercado y compré una docena de esos helados de dulce de leche que tanto te pirran. Ya estás tardando.
—¡Lola! Me malcrías…
—Anda, anda, no digas tontadas. —Dolores hace un aspaviento como quien espanta moscas molestas—. Ni todos los helados del mundo compensarían lo mucho que tú has hecho por mí desde que llegaste a esta casa. La has llenado de luz y alegría. No hay suficientes helados para comprar tu cariño.
—Mi cariño no se compra —le recuerda Nuria—, se regala; ya lo sabes.
Y va a buscar el helado porque le apetece de veras, y porque sabe que eso hace feliz a Lola. No hay nada más importante.
Y ahora vas a contarme qué te tiene tan mohína. Y no me mientas porque ni tú sabes mentir, ni yo tengo un pelo de tonta.
Nuria se echa a reír mientras devora los últimos restos del helado y se acomoda a su lado en el sofá. Bien sabe ella lo inútil que es tratar de engañarla.
—He estado en Malasaña con Mónica esta mañana.
—¿Y? ¿Qué cuenta ese desastre?
—¡Lola! Mónica no es mala persona, sólo un poco…
—¿Putón verbenero?
—Oh, eres terrible. No, no es ningún putón, aunque a veces vista y se comporte como tal. En realidad es muy lista y por eso sabe cuándo debe hacerse la tonta con los hombres. A ellos les gustan las mujeres sin seso; por eso nunca habla de trabajo con ellos, los asustaría.
—No le eches tantas flores, que tú no le andas a la zaga. Eres más lista que la pimienta y si no hubiera sido por lo de tu madre, ahora estarías en la universidad sentando cátedra.
—No creo, yo no sirvo para eso. Las multitudes me agobian. Pero no es de eso de lo que quiero hablarte. Lola, ¿cuándo supiste que estabas enamorada de Andrés?
—Uy, si casi ni me acuerdo…
—Lola…
—Vale, si te pones así de pesadita no hay quien te niegue nada. Tenía quince años, corría 1960 y yo iba con mi madre de carabina, ¡cómo no!, al primer guateque de mi vida. No te diré que me gustara llevarla pegada al cogote todo el día, pero en aquellos días era impensable que una jovencita se viera a solas con un chico. ¡Impensable e imperdonable!
—Y él estaba allí.
—Sí, claro que estaba allí, pero en realidad no fue esa noche cuando nos presentaron, porque él andaba detrás de una rubia de escándalo, como un perrito faldero, babeando y todo.
Nuria suelta otra carcajada.
—No te rías, tunanta, que a mí se me llevaban los demonios esa noche. Andrés estaba… ¿cómo lo llamáis ahora, cañón?
—Sí, Lola, «cañón» es un buen calificativo —no puede parar de reír.
—Pues eso, que estaba de toma pan y moja, y la rubia era lo más vulgar que yo había visto en mi vida. Pero los hombres, y más cuando son jóvenes, son idiotas; eso tú ya lo sabes.
—Lo sé, de sobras lo sé. Pero dime, ¿no se acercó a ti en toda la fiesta?
—Pues no, la rubia lo mantuvo ocupado hasta casi rayar el amanecer. Pero no hicieron nada que tuvieran que lamentar porque mi Andrés era muy recto, muy cabal, y aunque la rubia parecía muy tentadora a primera vista, en cuanto abría la boca te tiraba para atrás.
—Imagino que él buscaba otro tipo de mujer.
—Por supuesto. Estaba estudiando y su familia aseguraba que iba para médico. Esas chicas sólo servían para pasar el rato. Pero yo esa noche tuve que conformarme con verlo de lejos, aunque ya tuviera muy claro que lo quería a mi lado y no iba a parar hasta conseguir una cita. Ya me ves, con setenta años y aún me miran cuando salgo a la calle; quien tuvo, retuvo. Y yo a los quince era un primor de chiquilla. Y sabía mantener una conversación con un aspirante a médico. Y para colmo, también era de buena familia; una perita en dulce, vaya. Así que, a la semana siguiente, cuando nos encontramos en el cine, yo de nuevo con mi madre y él con su hermano mayor… Ya te lo puedes imaginar.
—Así que no vas a entrar en detalles.
—Pues no, porque lo que yo quiero saber es lo que te pasa a ti.
—Si a mí no me pasa nada…
—Ya, ya, y por eso me vienes hoy preguntando sobre mis amores y pasiones de juventud. ¡Que nos conocemos!
—Estoy confusa. No creo querer a Rubén. Y además… en la intimidad…
—Que no se empalma, quieres decir.
—¡Lola!
Nuria pone los ojos en blanco, pasmada.
—Hija, no me seas mojigata, que las dos ya somos mayorcitas. Al pan, pan; y al vino, vino. Si no es bueno en la cama, ya le estás diciendo adiós.
—Malo, malo, no es —casi parece una disculpa—. Pero me aburro.
—Mal vamos. Yo nunca me aburrí con Andrés, mucho menos entre las sábanas. —Lola menea la cabeza—. Entonces no podías hablar de eso con nadie; no como ahora, que en mi clase de pilates están todo el día las chicas hablando de sexo y posturitas. Y era una pena, te lo digo yo, porque aquí una tenía mucho y muy bueno que contar. Y ahora, juventud divina, que podéis hablar del sexo con total libertad y a voz en grito, ¿va a resultar que no tenéis nada que decir? ¡Pues sí que estamos apañados!
—Es que yo quiero sentir algo. Y no lo siento. Y me siento fatal por no sentir nada.
—Ay, mi niña, ¡qué trabalenguas! —Lola le da una palmadita en el muslo—. Lo que tú necesitas es un hombre que te quite el sentido y te haga volar. Eres demasiado realista, cariño, y eso tampoco es muy bueno que digamos.
—Richie me hacía volar. Y Daniel.
Nuria suspira, recordando cómo es el sexo con sus ex.
—Pero también te metieron en muchos líos. No, mi niña, tú todavía no has encontrado a tu media naranja.
—Y a este paso no voy a encontrarla nunca.
—Claro que sí, pero hay que saber dónde buscar —le aconseja Lola—. Y soltar lastre. Tienes que romper tu relación con Rubén; no esperes que un clavo saque otro clavo. Si él no te da lo que necesitas, adiós y hasta siempre. O hasta nunca. Tú verás. Y ahora dejemos de hablar de hombres aburridos y sigue leyéndome esa historia tan apasionante que empezaste ayer, me chiflan los piratas. Y si son mujeres, tanto mejor.
♥♥♥

Después de dejar a Lola en su cama, durmiendo como un bebé, Nuria recoge sus cosas y se marcha a casa. Cuando llega a la calle, y mientras mira a su alrededor buscando un taxi, el móvil le vibra furiosamente en el bolsillo de los tejanos.
Lo saca y lo mira; el número de Richie aparece en pantalla.
«A saber en qué nuevo lío se ha metido este ahora», piensa mientras se le escapa una sonrisita sin poder evitarlo.
Decide contestar, aunque tampoco le apetece mucho que la líe con sus paranoias.
—¿Para qué soy buena, Richie? Tú nunca llamas si no es para pedir algo.
—Oh, Nur, no te cabrees. Sólo quiero hablar un rato, vernos, un polvete por los viejos tiempos… ¿Todavía estás con ese sieso?
—Se llama Rubén y es muy buen tío.
—Oh, eso me suena a «amigo del alma, simpático pero feo, y que no te pone nada». ¿Me equivoco?
Pues no, no se equivoca, y eso es lo que más le jode: que Richie siempre da en el blanco cuando juzga a los demás y tiene una paciencia infinita para escuchar delirios ajenos. No debería ser camello, sino psiquiatra o psicólogo o coach o entrenador personal, o cualquier cosa que tenga que ver con confesiones inconfesables a puerta cerrada. Lo cierto es que Rubén no es feo, al contrario: es más atractivo que la media de hombres que conoce o ha conocido, pero debe reconocerse a sí misma (al menos) que no le pone. Nada.
—¿Hace un polvete, sí o sí?
—No debería volver a follar contigo, la última vez se nos rompió el condón y pasé dos meses de aúpa pensando que podía haberme quedado embarazada…
—De un tarambana como yo.
—Lo has dicho tú, no yo. Pero sí, entré en pánico, lo admito.
—Ayer compré condones nuevos, muy mala suerte va a ser que se nos rompa alguno.
—Tú ganas, nos vemos en media hora.
El piso que Richie tiene en Lavapiés es un ático de techos altos, tipo loft, sin paredes que separen espacios y con todo revuelto, algo muy típico de él. En una pared un poster tamaño XXL de Taylor Swift lo llena todo. Aparece ligerita de ropa y sonriendo de oreja a oreja. Es una monada, Nuria lo admite sin reparos, y sabe que a él lo pone como una moto. Por los altavoces suena Red a toda leche, ¡cómo no! Richie pone música de ella de la mañana a la noche, rollo bucle: empieza, acaba y vuelve a empezar otra vez hasta que se larga a cualquier lado, y aun así, en el iPod también la lleva allá donde vaya. Nuria nunca ha sido mitómana, ni siquiera a los quince años, cuando todas sus compañeras del instituto llevaban las carpetas forradas con fotos de sus ídolos del momento. Mónica tampoco fue el tipo de chica que suspiraba y babeaba; ella directamente pasaba a la acción cuando un tío le molaba. Los amores platónicos no iban con su temperamento, y lo de amar en silencio durante meses y años era, a su parecer, una absoluta pérdida de tiempo.
Richie se acerca por detrás y la besa en el cuello, un mordisquito junto a la oreja, nada que pueda dejar marca porque no quiere meterla en ningún lío, y el tal Rubén no tiene pinta de aceptar las relaciones «abiertas».
—¿Un café? ¿Una copa? ¿Mejor un porro?
Le guiña el ojo y exhibe su sempiterna sonrisa de chico malo.
—¿Todavía sigues cultivando marihuana en la terraza?
—La pregunta ofende, Nur; la maría es mi negocio más lucrativo. Me cansé del pastilleo y los pijos gilipollas de los clubs de campo con sonrisitas de: «¿qué harías tú sin mí?» Me jode un huevo que presuman de su cochino dinero todo el puto día. La única sonrisa que me pone cachondo es la de Taylor Swift.
—No hace falta que lo jures. —Nuria le sonríe sin poder evitarlo—. Se ve a la legua. Te recuerdo que yo apenas me parezco a ella. ¿A qué viene tu llamada?
—Que no te parezcas a ella no quiere decir que no estés más buena que el pan.
—Gracias por el piropo. ¿Me invitas o no me invitas a visitar tu espléndido huerto casero de marihuana? Vamos a disfrutarlo mientras podamos. Como te pillen un día, te trincan y yo no sé nada. Pero nada de nada. «No sé, no recuerdo…», como las esposas de los corruptos. Ya me entiendes.
—¿No vas a saber tú, que eres más lista que el hambre?
Richie la agarra del brazo con mimo fraternal y la acompaña a la terraza del ático, donde tiene instalado un improvisado huerto en el que la marihuana crece abundante y alegremente al fresco aire nocturno. Nuria lo ve todo con ojos como platos y se echa a reír. Solo a Richie se le pudo ocurrir semejante idea. Y el negocio debe de irle de puta madre porque el piso está muy bien decorado; por un profesional, seguro; y la ropa, su ropa, cada vez tiene más estilo. ¿Esos calzoncillos que lleva no son de Calvin Klein?
Cuando va a preguntárselo y casi siente tentaciones de quitárselos de un manotazo, el móvil vuelve a vibrarle en el bolsillo.
«¿Será posible?», piensa cuando ve el número que figura en la pantalla. ¡Daniel!
Seis semanas, ¡seis!, sin tener noticias de ninguno de ellos, y en una misma noche, con una diferencia de apenas una hora, ¡zas!, la reclaman ambos. Si no fuera porque ni se conocen ni tienen nada en común, sospecharía de algún tipo de conspiración de altos vuelos para convencerla de que lo suyo con Rubén tiene los días contados.
—¿No contestas? ¿Tienes miedo a una bronca?
Richie aparta brevemente la vista de sus plantitas y la fija en Nuria, que, indecisa, mira el móvil que sujeta en la mano como si no supiera qué es ni cómo funciona.
—¡Qué dices! No es nada importante, ya lo llamaré cuando vuelva a casa.
—Ajá, deduzco que no es el sieso, porque si vives con él no tiene sentido que lo llames al llegar a casa…
—No, no es Rubén.
Esta vez Nuria no le insiste en que deje de llamarlo «sieso», no sabe si porque él lleva razón al endilgarle el mote, o porque ha dejado de importarle cómo lo llame la gente. Quizá lo que ocurre sea que Rubén ha dejado de importarle. Sin más.
Richie sonríe sin darle importancia y empieza a desnudarla. Nuria se deja hacer; que nunca se haya planteado un futuro con su amigo de la infancia —se conocen desde párvulos— no quita para que follen como conejos y lo disfruten como enanos en día de feria. Y tal y como le dijo a Lola antes: Richie siempre ha sabido cómo hacerla volar, sin paracaídas ni red, pero haciéndola sentirse más viva que nunca. La empotra contra la pared, la sujeta por las nalgas y la empuja hacia arriba para encajar sus piernas entre las de ella. Nuria le echa los brazos al cuello y lo besa en la boca. Primero muy suavemente y después con más y más intensidad, hasta casi rayar la locura.
Él la embiste como un toro bravío sin pronunciar palabra. No le gustan las palabras, ni los halagos ni los preliminares en el sexo; él va a lo que va, y por la vía más recta, corta y directa. Y sabe que a Nuria le gusta, ¡joder si le gusta! Entre besos y gemidos ahogados llegan a la cama; Richie jamás será el novio o marido ideal, pero en la cama es un fuera de serie, y si a ella se le ha olvidado, él corre presto a recordárselo, así como también la fantástica química que hay entre ellos. Y Nur se olvida de Rubén, de Daniel, de sí misma y del mundo que la rodea. En los brazos de Richie vuelve a tener quince años y no busca más que su placer.
Un orgasmo tras otro, gritos que se pierden entre las cuatro paredes de ese piso de soltero; piso que está debidamente insonorizado y a prueba de alaridos salvajes de amantes voraces. Nuria suda, ebria de amor y sexo satisfecho.
El amanecer la encuentra en su propia casa, en su propia cama.
Rubén no está, probablemente ya se haya marchado a trabajar a la caja de ahorros. No viven juntos, aunque se lo haya hecho creer a Richie por puro afán de alardear; su relación es más intermitente de lo que da a entender cuando habla de él. A veces se queda a dormir con ella y a veces no. Lo cierto es que Rubén anda muy misterioso estas últimas semanas, recibe muchas llamadas en su móvil y más mensajes; nunca contesta a esas llamadas si ella anda cerca, y ni siquiera se molesta en ojear los mensajes, como si ya supiera quién le reclama y para qué.
Tampoco está tan mimoso como al principio y apenas hablan de lo cotidiano de sus vidas; el sexo, mejor ni mencionarlo porque ya hace días que Rubén no está por la labor, y lo peor es que ella ni siquiera lo echa de menos. A ver si tendrá que hacer caso a lo que le dijo Lola ayer, y mandarlo a tomar por donde amargan los pepinos. Y ganas no le faltan; lo que le falta es coraje y determinación, y lo que le sobra es sentimiento de culpa.
El sentimiento de culpa es algo que está muy presente en la vida de Nuria. Desde la muerte de Soledad no ha dejado de culparse. Y la intempestiva llamada de Daniel no ha hecho sino recrudecer la sensación de que nunca debió haber abandonado a su madre para marcharse con él a Afganistán como cooperante.
¿Qué se le había perdido a ella en ese lugar, por Dios bendito?
Nada. Y mientras ella jugaba a «médico sin fronteras», su madre se enfrentaba sola a los primeros y decisivos síntomas del cáncer. La gente le dijo, después del funeral, que ella no tenía nada que hacer; que cuando se fue a Oriente Medio la enfermedad ya estaba muy avanzada, que no hubiera podido detenerla ni queriendo, ni pasando las veinticuatro horas a su lado, cogiéndole la mano.
Lo sabía o lo intuía, pero tampoco esa idea fue capaz de consolarla. Nada pudo hacerlo. Con la muerte de Soledad no le quedaba nadie. Y lo peor era que se había dejado demasiadas cosas en el tintero, tantas confidencias que hubiera querido hacerle, tantas preguntas, tantos consejos que necesitaba y que sólo una madre podía dar.
Días antes de irse a Afganistán tuvo un sueño. Un sueño raro que no lograba comprender por más que lo analizara. Su madre la avisaba una y otra vez de que no se fiara de las apariencias, que no confiase ciegamente en Mónica, que no era oro todo lo que relucía y que su repentina marcha a Cáceres escondía algo serio. Y temblaba, mucho, como si la cosa fuera grave y pudiera afectarla a ella en exclusiva. Nuria preguntaba y preguntaba pero Soledad no soltaba prenda, sólo la avisaba.
Al cabo de unos días se olvidó del sueño y casi se olvidó de su madre.

Y esta noche pasada, al recordar la llamada de Daniel, todo ha acudido a su mente, desorganizado y confuso; ni sabe qué quiere él de ella, ni sabe por qué, de repente, el sueño de su madre es ahora más revelador que nunca. Y apenas lo entiende porque la relación con Mónica no ha cambiado un ápice desde que se fue a Afganistán, al contrario: cuando volvieron a encontrarse, su amiga la abrazó como si nunca se hubieran separado; y como siempre desde que se conocen se lo han contado todo: alegrías, penas, dudas, inseguridades, proyectos, sueños, hombres...

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